
SAFO
Quisiera en verdad morir,
Ella se marchó entre abundantes
Lagrimas diciéndome:
“¡Ay Safo, cuánto sufrimos!
¡Con cuánto pesar te abandono!”
Y yo le contesté:
¡Adiós, y sé feliz! ¡Sólo recuérdame,
pues sabes cuán atada estoy a ti!
Acuérdate al menos
(¡OH, no lo olvides¡)
de las amadas y hermosas cosas que vivimos.
De tantas guirnaldas de violetas
Y de rosas, y también de azafrán,
...con que a mi lado te ceñiste.
De tantos collares tejidos
Con dulces flores
Que rodeaban tu tierno cuello.
De las muchas veces que con abundante
Mirra de flores y de reyes
Ungiste tu cabeza de hermoso peinado.
Del blando lecho
En que tú, a mi lado,
Dejando que la ternura saliera...
Y no hubo colina profana
O sagrada, ni fuentes de aguas
A donde no hayamos ido.
Ni bosque...

Pär Lagerkvist Nació en la región sueca de Smaland en 1891. Murió en 1974.
LO MÁS HERMOSO ES EL ATARDECER
Lo más hermoso es el atardecer
Todo el amor que el cielo contiene
se ha juntado en luz sombría sobre el mundo
sobre las casas de la tierra.
Todo es ternura,
todo es acariciado como por manos
el señor mismo borra orillas lejanas
todo está lejos todo está cerca.
Todo es dado al hombre como préstamo.
En breve todo lo perderé
Árboles, cielo, la tierra que piso
Caminaré solo sin huellas.

Un arte
El arte de perder no es muy difícil;
tantas cosas contienen el germen
de la pérdida, pero perderlas no es un desastre.
Pierde algo cada día. Acepta la inquietud de perder
las llaves de las puertas, la horas malgastadas.
El arte de perder no es muy difícil.
Después intenta perder lejana, rápidamente:
lugares, y nombres, y la escala siguiente
de tu viaje. Nada de eso será un desastre.
Perdí el reloj de mi madre. ¡Y mira! desaparecieron
la última o la penúltima de mis tres queridas casas.
El arte de perder no es muy difícil.
Perdí dos ciudades entrañables. Y un inmenso
reino que era mío, dos ríos y un continente.
Los extraño, pero no ha sido un desastre.
que amo) me podré engañar. Es evidente
que el arte de perder no es muy difícil,
aunque pueda parecer (¡escríbelo!) un desastre.

Gunnar Ekelöf.
Suecia, (1907-1968) Estudió Lenguas Orientales y Música. Fue Crítico y Traductor. Perteneció a
El momento supremo del amor
La hora de la verdad
Está tan lejos como es posible estarlo
De todos los adornos del amor
Lejos del primer encuentro
Lejos del coito
Lejos también de las caricias tranquilizadoras
Junto al lecho del enfermo
Mano que acaricia otra mano torpemente
Acaricia una mejilla
El momento supremo, la hora de la verdad
El momento supremo
Es cuando el ojo estalla y se funde
Con el ojo que mira
Y el ojo que mira recibe su mirada
Traducción: Francisco J. Úriz
ARTE POÉTICA
Es el silencio lo que tu debes escuchar
el silencio escondido tras apóstrofes, alusiones
el silencio en retórica
o en llamada perfección formal
Esto es la búsqueda de un sin sentido
en lo que tiene sentido
y viceversa
Y todo lo que tan artísticamente intento escribir
es por contraste algo sin arte
y todo el relleno esta vacío
Lo que he escrito
Esta escrito entre líneas

Carlos Drummond de Andrade
Brasil (1902 -1987)
VIAJE POR
a Rodrigo M.F. de Andrade
En el desierto de Itabira,
la sombra de mi padre
me tomó de la mano.
Tanto tiempo perdido
Pero nada decía.
No era ni de día ni de noche
¿Suspiro? ¿Vuelo de pájaro?
Pero nada decía.
Largamente caminamos.
Aquí había una casa.
La montaña era mayor.
Tantos muertos amontonados,
el tiempo royendo a los muertos.
En las casas en ruina
desprecio, frío, humedad.
Pero nada decía.
La calle que cruzaba
a caballo, al galope.
Su reloj. Su ropa.
Sus papeles de circunstancia.
Sus historias de amor.
A un abrir de baúles
y de recuerdos violentos.
Pero nada decía.
En el desierto de Itabira
las cosas vuelven a existir,
irrespirables y súbitas.
El mercado de deseos
expone sus tristes tesoros;
Mis ansias de huir;
mujeres desnudas; remordimiento.
Pero nada decía.
Pisoteando libros y cartas,
viajamos por la familia.
Casamientos; hipotecas;
los primos tuberculosos;
la tía loca; mi abuela
traicionada con las esclavas
frotando sedas en la alcoba.
Pero nada decía.
¿Qué cruel, oscuro instinto
movía su mano pálida
sutilmente empujándonos
por el tiempo y por los lugares
Resguardados?
Lo miré fijamente a los ojos.
Le grité:
¡Habla! Mi voz
vibró en el aire por un momento
golpeó las piedras. La sombra
proseguía lentamente
aquel viaje patético
a través del reino perdido.
Pero nada decía.
Vi tristeza, incomprensión
y más de una vieja rebeldía
separándonos en la oscuridad.
La mano que no quise besar,
el plato que me negaron
negativa a pedir perdón.
Orgullo. Terror nocturno.
Pero nada decía.
Habla habla habla habla
Le halaba la chaqueta
que se deshacía en barro.
Por las manos, por los botines
yo me le prendía a la sombra severa
y la sombra se desprendía
sin fuga ni reacción.
Pero se quedaba callada.
Y eran distintos silencios
que se entrañaban en el suyo.
Era mi abuelo sordo
queriendo escuchar las aves
pintadas en el cielo de la iglesia;
mi falta de amigos;
su falta de besos;
eran nuestras vidas difíciles
y una gran separación
en la pequeña área del cuarto.
La pequeña área de la vida
me oprime contra su cuerpo,
y en ese diáfano abrazo
es como si yo me quemara
todo, de amor punzante.
¿Sólo hoy nos conocemos?
Lentes, memorias, retratos
fluyen en el río de la sangre.
Las aguas ya no permiten
distinguir su rostro lejano,
más allá de setenta años.
Sentí que me perdonaba
Pero nada decía.
Las aguas cubren el bigote
la familia, Itabira, todo.
Traducción: Nidia Hernández








